Autor: [Autoría basada en la novela original] Género: Romance Contemporano / Drama
Seis meses. Seis meses, dos semanas y cuatro días. Eso era lo que pesaba la ausencia de Mateo en mi vida. La gente dice que el tiempo cura todo, pero mienten. El tiempo solo te enseña a vivir con el dolor, a convertirtelo en una compañera incómoda que se sienta a la mesa contigo cada mañana mientras bebes tu café.
Me desperté con la luz de Madrid golpeando mi cara. El apartamento estaba en silencio, un silencio que antes me aterraba pero que ahora dominaba. Me levanté, dispuesta a seguir la rutina que me había impuesto para no volverme loca: correr, ducharme, trabajar, dormir.
Mi nombre es Elena, y hasta hace poco era "Elena y Mateo". Éramos una entidad indivisible, esos amigos de la infancia que todos sabían que terminarían juntos. Pero la vida adulta trajo problemas que el amor de adolescentes no supo resolver. Las deudas, los sueños rotos, la ambición desmedida de él por triunfar en el mundo de la arquitectura, y mi propia inseguridad clavada en mi garganta como una espina.
Esa mañana, al revisar el correo, encontré una invitación. Era una exposición en la galería del centro. "Nuevas Visiones Urbanas". El invitado principal era Mateo Rossi.
Mi corazón se detuvo. Ver su nombre impreso, ver su rostro en el póster adjunto, fue como recibir un balde de agua helada. Había triunfado. Había logrado todo lo que dijo que necesitaba lograr "solo".
Apreté el papel entre mis dedos. La ira y el orgullo luchaban dentro de mí. No debía ir. Ir sería admitir que no había avanzado, que seguía anclada en ese "nosotros" que él rompió con tanta facilidad.
Pero algo dentro de mí, esa parte masoquista que todos llevamos dentro, susurró: Tienes que verlo. Tienes que cerrar el círculo. Autor: [Autoría basada en la novela original] Género:
No tuve que buscarlo. Fue él quien me encontró. Estaba en la terraza de la galería, buscando aire fresco, cuando la puerta de cristal se abrió.
—Elena.
Mi nombre en su boca sonó como una oración y como una maldición. Me giré lentamente. La luz de la ciudad iluminaba su rostro, marcando sombras bajo sus ojos. Estaba cansado.
—Mateo. Felicidades por la exposición. Es... impresionante.
Él se acercó, ignorando mi tono formal. —No sabía que estabas aquí. Si te hubiera visto...
—¿Qué? ¿Habrías escondido a tu nueva novia? —solté, sin poder evitar el veneno.
Él frunció el ceño. —Irene no es mi novia. Es... un trámite. Un mal necesario para este mundo. Tú sabes cómo funciona esto. Seis meses
—Yo sabía cómo funcionaba nosotros. Pero eso fue antes de que decidieras que tu éxito valía más que nuestra historia.
Mateo dio un paso adelante, invadiendo mi espacio personal. El aire se volvió denso, cargado de electricidad estática. —¿Crees que esto fue fácil? ¿Crees que me despertaba cada mañana feliz de haberte perdido? Te alejé porque te estaba destruyendo, Elena. Mis fracasos, mi obsesión por el trabajo... te estaba consumiendo. Te perdí para salvarte.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. —No tenías derecho a decidir por mí. Esa fue nuestra ruina. Tu arrogancia. Creíste que eras el único que podía cargar con el peso, y me dejaste fuera. No me perdiste para salvarme, Mateo. Me perdiste porque tuviste miedo de que te viera fallar.
La verdad golpeó como un trueno. Mateo palideció. Sus hombros cayeron. La máscara del arquitecto exitoso se resquebrajó, dejando ver al chico asustado que conocía hacía años.
—Tienes razón —susurró, bajando la mirada—. Tuve miedo. Tenía terror de que te dieras cuenta de que no era el héroe de tu cuento.
Extendió la mano, dudando, y luego tocó mi mejilla. Su mano estaba fría, pero el contacto quemó.
—Te extraño —dijo, con la voz rota—. He ganado premios, he construido torres que rozan el cielo... pero vivo en el suelo porque tú no estás ahí. No tuve que buscarlo
A veces, las historias no terminan como nos gustaría. A veces, el destino tiene una forma cruel de reorganizar las piezas del tablero justo cuando creemos que hemos ganado la partida.
Miré su maleta en la puerta. Era la evidencia física de que todo lo que habíamos construido se estaba desmoronando. No hubo gritos esa noche, ni escándalos dignos de una película dramática. Solo hubo un silencio espeso, un abismo invisible que ninguno de los dos sabía cómo cruzar.
—¿Es esto lo que quieres? —pregunté, aunque mi voz sonaba lejana, como si no me perteneciera.
Él no giró la cabeza. Sus hombros, antes mi refugio, ahora eran una muralla.
—No es cuestión de querer —respondió con esa voz ronca que tantas noches me había arrullado—. Es cuestión de sobrevivir.
Y con esas palabras, entendí que el amor, por sí solo, no siempre es suficiente. Que a veces, para salvarnos a nosotros mismos, debemos destruir lo que más amamos.
Así comenzó el final. O tal vez, el verdadero principio.